EL PRISMÁTICOS CLUB EN ÑACANDEL

EDUARDO

Mayo

Al final de la tarde del último viernes de mayo, Eduardo descendió del autobús en la parada cercana al Jardín Violeta. Se había acostumbrado a realizar el trayecto desde el hotel sentado en el circular, relajado y observando despreocupadamente el paisaje urbano. Recorrió a pie los trescientos metros que le separaban de la entrada a la sede del Prismáticos Club. No se arrepentía de haber vendido hacía ya casi dos años el complejo hotelero de la costa. Regresar a Ñacandel, tanto en lo personal como en el plano empresarial le había sentado bien. Se había centrado desde entonces en gestionar su acogedor hotel boutique, en esta ciudad acogedora que le sabía a hogar, con sus avenidas de amplias aceras y sus placitas coloridas, o sus jardines e iglesias cargadas de arte e historia.

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