SIÉNTATE HIJO, TENEMOS QUE HABLAR

«Este relato es uno de los premiados en el certamen de Relatos con final feliz de 2022,  una iniciativa del programa  municipal Toledo lee . Mi agradecimiento al Excmo. Ayuntamiento de Toledo, a la Asociación de Libreros de Toledo y a la Red Municipal de Bibliotecas por el fomento y apoyo a la lectura».

El autor.

 

SIÉNTATE HIJO, TENEMOS QUE HABLAR

Terminal del aeropuerto de Heathrow, Londres.  Noviembre 2022.

Zona de llegadas.

Silvia le mostró en su móvil, la noticia de una reconocida publicación especializada que se hacía eco del premio. Carlos, mientras saboreaba el café, observaba concentrado el ir y venir de la terminal. Ella le hizo una mueca cariñosa y se levantó.  Aún contaba con  tiempo para hacer una llamada a la galería, antes de que aterrizase el vuelo procedente de Madrid.

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CARIÑO, AÚN HAY PARTIDO

Nota del autor

Relato dedicado a esos «buenos equipos» que llegan a la vejez sin rendirse y habiendo dejado huella.

 

Jaime salió al jardín, después de su media horita diaria de siesta en duermevela en el sofá del salón. Isabel se afanaba, con movimientos en apariencia ágiles, arreglando uno de los setos del jardín que tanto le ilusionaba mimar. Se acercó por detrás cogiéndola por la cintura. Ella, con un ligero sobresalto dado que no había sentido su llegada, se giró lentamente. Los ojos de ambos frente a frente, sus cuerpos encajando espacios. Esos ratos de silencios extraños y las miradas extraviadas de ella, en aumento durante los últimos meses, pasaban a un séptimo plano. La seguía deseando, estaba convencido de que le brillaba la mirada y sonreía cuando le susurraba alguna de esas burradas como las definía ella.

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ATARDECER EN ABELASURE

MENSAJE CON MISTERIO

María regresó a Abelasure el viernes a media tarde, después de dos jornadas agotadoras pernoctando en la capital. Necesitaba volver a la rutina y retomar su día a día como directora del hotel en la acogedora población costera junto al faro. La convención de empresarios de turismo le había proporcionado sin duda, la oportunidad de hacer nuevos contactos profesionales. Aunque con el paso del tiempo reconocía, que cada vez tenía menos paciencia para esas reuniones que se acaban eternizando sin mucho sentido.

Contaba aún con dos horas por delante antes de marcharse hacia el hotel. Con ropa más cómoda tomó un café mientras navegaba por internet, antes de darse un baño reparador que acabó alargándose durante más de media hora. Su piso con vistas al puerto representaba para ella su refugio; un salón con estanterías repletas de libros, tres habitaciones, dos baños y una cocina. Funcional y con la huella de sus hijos, aunque no viviesen allí durante una buena parte del año, representada por toda la casa. Inma de 24 años, se encontraba finalizando sus estudios de informática con una beca Erasmus en París. Carlos, a sus 21 años estaba centrado en sus estudios de ingeniero agrónomo en la capital.

María disfrutando de su baño ensimismada, pensaba en ellos. Su hija era todo carácter, confiaba en que con su expediente y su personalidad arrolladora, no tuviese demasiados problemas para hacerse un hueco en el complejo mercado laboral de los tiempos actuales. Había temido durante una temporada por ella cuando falleció su marido, en aquél fatal accidente de tráfico diez años atrás. Se había encerrado en sí misma y parecía no querer admitir ninguna ayuda. Pasados unos meses volvió a ser la misma jovencita de siempre, aunque más reflexiva. En una conversación posterior le dio una lección al comentarle: -“Mamá necesitaba estar tiempo a solas, acariciar mis heridas y pasar el duelo a mi ritmo”-. En ella le parecía ver en muchas ocasiones a Juan, había heredado de él sus ojos azules y esa independencia de criterio como bandera, con la que en algunas ocasiones resultaba difícil negociar, sobre todo en la adolescencia. Su hijo Carlos, que aunque era un apasionado del campo y la naturaleza –tuvo muy claro por donde quería enfocar sus estudios dese muy joven- , el verano anterior había demostrado una excelente visión de negocio en el trabajo que desempeñó en el hotel ayudando en varios departamentos. A ella no le importaría que la sustituyese en un futuro al frente del negocio. Había luchado para sacarles adelante después de la muerte de su marido y no dejaba de estar orgullosa del resultado. Los chicos, a pesar de haber perdido demasiado pronto a su padre, crecieron sanos y aunque su opinión estaba condicionada por la subjetividad de una madre, habían salido buena gente.

El acogedor hotel que se había lanzado a poner en marcha con la ayuda de la indemnización por la muerte de Juan –seguía echando de menos a su “socio” en la vida, aunque de una u otra forma le veía reflejado en sus dos hijos que tanto querían-, algunos ahorros y la inestimable ayuda para cuidar a sus hijos de sus padres y de sus suegros, se había convertido en  una referencia en la provincia.

Llegó a las 20:30 h, departió con Luis en recepción y después de estar unos minutos con Marta, la joven y eficaz subdirectora, se encerró en su despacho para repasar el correo y algunos documentos. Entre los papeles y la correspondencia, algo le llamó la atención desde el primer momento: un sobre azul celeste sin remitente que iba dirigido a ella:

MARIA

Hotel Abelasure

Sin más datos ni ninguna otra pista. Lo abrió con curiosidad y leyó  perpleja la nota:

“María, ¿quieres pasear conmigo por los alrededores del faro el domingo al atardecer? Estaré a las ocho y media sentado en el tercer banco del paseo arbolado en dirección hacia la casa del guarda. Después me gustaría invitarte a cenar en La Terraza del Barco mientras escuchamos fados.

Aunque si consideras acudir a la cita comprobarás quien soy, te estaré esperando leyendo un libro”.

Firmado:

“Un tertuliano que ya solo desciende montañas”

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EL PRISMÁTICOS CLUB EN ÑACANDEL

EDUARDO

Mayo

Al final de la tarde del último viernes de mayo, Eduardo descendió del autobús en la parada cercana al Jardín Violeta. Se había acostumbrado a realizar el trayecto desde el hotel sentado en el circular, relajado y observando despreocupadamente el paisaje urbano. Recorrió a pie los trescientos metros que le separaban de la entrada a la sede del Prismáticos Club. No se arrepentía de haber vendido hacía ya casi dos años el complejo hotelero de la costa. Regresar a Ñacandel, tanto en lo personal como en el plano empresarial le había sentado bien. Se había centrado desde entonces en gestionar su acogedor hotel boutique, en esta ciudad acogedora que le sabía a hogar, con sus avenidas de amplias aceras y sus placitas coloridas, o sus jardines e iglesias cargadas de arte e historia.

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