LA SALSA DE LA VIDA

Uno de los pocos lujos que Alberto se podía permitir a sus cincuenta y dos años, era el café de los domingos por la mañana en el local que regentaba su amigo Luis. El día había amanecido soleado, en un fin de semana de mediados de diciembre, ya a las puertas de las fiestas navideñas. Disfrutaba dando un repaso los periódicos en papel, que la cafetería dejaba a la disposición de la clientela. Ojeaba y leía, intercambiaba saludos o si se daba el caso, mantenía una charla agradable. Sentado en una mesa con vistas al paseo arbolado que finalizaba a pocos metros de la catedral, sentía que parecía vislumbrase luz al final del túnel…

Desde hacía dos años, su vida se enmarcaba en una pesadilla extenuante. El  despido en el trabajo, que se asemejó a una puñalada por la espalda fue el desencadenante. Sus principios le convirtieron en cabeza de turco; la dirección de la multinacional en España le había insinuado que si cargaba la responsabilidad sobre un subordinado, su puesto no iba a peligrar. Rodó su cabeza y sus jefes se fueron de rositas; él nunca pisotearía a alguien que estuviese por debajo en la cadena de mando.

Unos meses después, su matrimonio saltó por los aires. Se cumplió aquello que nunca pensó que le iba a suceder: “Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor sale por la ventana”… Endeudarse por encima de las posibilidades para tener casa y coche, mejores y más grandes, también les ayudó. Resultó ser una semilla y tierra fértil para las tensiones cuando vienen mal dadas. El divorcio se convirtió en una guerra sin cuartel. Aunque con sus hijos ya mayores, consiguió reconducir la situación de rechazo inicial,  podría decirse que se vio con una mano delante y otra detrás. Los gastos crecieron como mermaron los ingresos. Vendió su coche de alta gama y al cabo de un tiempo encontró un trabajo, que si bien no le reportaba un salario boyante, al menos le permitía hacer frente al nuevo alquiler y al resto de obligaciones.

Tiempos recios, de apretar los dientes. La escalera que le ayudó a subir del pozo en el que se había hundido tras la tormenta profesional y personal, la construyó a base de paseos kilométricos y visitas a la biblioteca. Aire libre, andar y libros, una pócima mágica que acaba siendo una vitamina reconstituyente. El apoyo de sus incondicionales le sostuvo y apuntaló en momentos de flaqueza. En una de esas vueltas que da la vida, se reencontró con Luis y Juanito, compañeros y amigos de su pandilla adolescente en la época del bachillerato en el instituto.

Fue Juanito quien le animó a acompañarle al salón de baile los viernes por la noche. De entrada se mostró reacio, él replicaba que no había sido muy bailón en su juventud. Su amigo a fuerza de insistir acabó convenciéndolo. Se mostró persuasivo, le comentó que era lo más parecido a un club social, discreto y tranquilo, en el que tendría la posibilidad de conocer a gente interesante. Alberto, aunque no iba con una idea preconcebida, quedó sorprendido en su primera visita. Una cafetería acogedora y decorada con gusto exquisito, un salón de baile recogido y una salita con biblioteca, ambientada también para compartir juegos de mesa.

Ya en esta primera ocasión, se encontró cómodo. Mantuvo conversaciones con unos conocidos de Luis, curioseó en la sala de juegos las partidas de ajedrez que se estaban celebrando y se lanzó a última hora con los bailes latinos. La salsa, con esa mezcla de sonidos africanos y del Caribe, -como se dice coloquialmente-  se le metió en el cuerpo desde los primeros compases que escuchó.

Ocurrió el diez de noviembre, el segundo viernes que acudía. En una de las mesas de la cafetería, un compañero de trabajo de Juanito celebraba su cumpleaños con un grupo de cinco o seis personas. Al verles, dirigiéndose a ellos les invitó a unirse a la fiesta. Se integraron bien, mantuvieron conversaciones interesantes en un ambiente distendido. En un momento dado, alguien propuso pasar a la sala de baile para seguir la celebración.

No sabría decir si fue casualidad o una situación buscada; o como suele ocurrir en estos casos, una mezcla de ambas. En la mesa y durante la conversación,  habían intercambiado alguna que otra sonrisa; desde el primer momento se dio cuenta de que le atraía. Integrados en el grupo, se situaron uno junto al otro en la pista. Momentos de miradas, acercamientos y retazos de conversación cómplice; disfrutando de los ritmos de la salsa que amenizaban el cumpleaños.

Rosa, dominicana de treinta y nueve años. Casi diez años en España; luchando por sacar a su hija adelante y poder enviar algún dinero a su familia. Al final de la noche intercambiaron sus números de teléfono. Transcurrido un mes desde ese primer encuentro, podría decirse que “se estaban conociendo”. Solían citarse en su tiempo libre para dar largo paseos, compartir confidencias y visitar las iglesias de estilo románico de la ciudad.

Ese domingo soleado de mediados de diciembre, Alberto se encontraba eufórico en la cafetería. En un mensaje de la noche anterior, Rosa había sugerido que le encantaría que celebrasen juntos el fin de año.

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